Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Cuando volvió la segunda vez, el señor Dash estaba solo y mucho más despierto que en la otra ocasión, encontrando Jo agradables ambas cosas. Además, no estaba esta vez tan embotado por el humo de su cigarro para olvidarse de sus modales para con una dama y la en­trevista fue mucho más cómoda que la anterior.
-Vamos a aceptar esto si no tiene usted inconveniente en hacer algunos cambios. Es demasiado largo, pero suprimiendo los pasajes que le he marcado va a quedar bien -le dijo con tono serio, "de negocios".
Jo apenas reconocía su propio manuscrito, de tan arrugado que estaba y tan subrayados y garabateados como lo habían sido renglones y páginas, y echó una mirada a los párrafos marcados, que eran precisamente todos los que encerraban reflexiones morales, que tanto se había empeñado en insertar como lastre de tantísimo romance.
Sorprendida y apenada, respondió Jo:
-Pero, señor, yo creía que todo relato debe tener una moraleja de algún tipo, por eso me empeñé en que se arrepintiesen algunos de mis pecadores... -La natural gravedad del señor Dash no pudo menos de aflojarse con una sonrisa, pues Jo se había olvidado completamente de "su amiga" y había hablado del modo como únicamente puede hablar un autor.
-La gente quiere que la entretengan, no que la sermoneen, ¿sabe? La moral no se vende hoy en día.
-¿Cree usted que con esos cambios la historia va a servir?
-Sí, el argumento es nuevo y está bastante bien desarrollado; buena expresión y todo lo demás... -fue la afable respuesta del señor Dash.
-¿Y cuánto? ... Es decir ¿qué remuneración?.. . -y Jo no terminaba ninguna frase, no sabiendo en realidad cómo debía expresarse.
-¡Ah, sí!, pues bien: pagamos de veinticinco a treinta por cosas de este tipo y los recibe cuando se publica -respondió el señor Dash.
-Muy bien. Puede usted publicarla -le dijo Jo, devolviéndole el relato con aire satisfecho, porque después de trabajar por un dólar la columna aun veinticinco dólares parecían buena paga.
-¿Qué nombre le gustaría a su amiga que figurara? -esto dicho como al descuido.
-Ninguno, por favor; ella no desea que aparezca su nombre y no tiene ningún seudónimo -respondió Jo, sonrojándose muy a su pesar.
-Como ella quiera, naturalmente. El relato saldrá publicado la semana que viene. ¿Vendrá

usted por el dinero o quiere que se lo envíe? -preguntó el señor

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