El horror oculto (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Aunque tímidos, algunos de los más jóvenes se sintieron lo suficientemente inspirados por nuestra protectora dirección como para prometernos ayuda.
Pero no habíamos hecho más que dar media vuelta, cuando empezó a caer una lluvia tan intensa y torrencial, que no tuvimos más remedio que buscar refugio. La extraña y casi nocturna oscuridad del cielo nos hacía tropezar continuamente; pero guiados por los frecuentes relámpagos y nuestro detallado conocimiento de la aldea, llegamos en seguida a la última cabaña del lugar, llena de goteras: una combinación heterogénea de troncos y tablas, cuya puerta y ventanuco asomaban hacia Maple Hill. Atrancamos la puerta, contra la furia del viento y de la lluvia, y pusimos el tosco postigo de la ventana que nuestros frecuentes registros nos habían enseñado dónde encontrar. Resultaba lúgubre estar sentados allí, sobre unos cajones desvencijados, en la más absoluta oscuridad, pero encendimos nuestras pipas y nos alumbramos a veces con las linternas de bolsillo que llevábamos. De cuando en cuando, veíamos los relámpagos a través de las grietas de la pared; la tarde se estaba volviendo tan oscura que cada relámpago resultaba tremendamente vívido.
Esta tormentosa vigilia me recordó de forma estremecedora mi horrible noche en la Montaña de las Tempestades. Me volvió al pensamiento aquel extraño interrogante que de forma intermitente me repetía desde entonces, y una vez más me pregunté por qué el demonio, al acercarse a los tres hombres que vigilábamos desde la ventana o desde el exterior, se había llevado a los de los lados, dejando al del centro para el final, en que una gigantesca centella lo había hecho huir. ¿Por qué no había cogido a sus víctimas en un orden natural, y habría sido yo el segundo, cualquiera que fuese la dirección por la que hubiera empezado? ¿Con qué clase de tentáculos los apresó? ¿O sabía que era yo el jefe y decidió reservarme un destino peor que a mis compañeros?
En medio de estas reflexiones, como para intensificarías dramáticamente, cayó un tremendo rayo cerca de nosotros, al que siguió un ruido de corrimiento de tierra. Al mismo tiempo, se levantó un viento furioso
cuyo aullido fue aumentando de forma demoníaca. Tuvimos la seguridad de que había caído fulminado otro árbol de Maple Hill, y Munroe se levantó del cajón donde estaba sentado y se acercó al ventanuco para comprobar el destrozo. Al quitar el postigo, el viento y la lluvia penetraron aullando de forma ensordecedora, y no pude oír lo que decía; pero esperé, mientras él se asomaba tratando de abarcar el pandemonium.

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