Memorias del subsuelo (Fedor Dostoiewski) Libros Clásicos

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Apolonio, que de nuevo se había puesto las gafas y había reanudado su trabajo, dirigió en silencio, sin dejar la aguja y al soslayo, una mirada al dinero. Luego, sin responderme, prosiguió su trabajo. Esperé de pie cerca de tres minutos, cruzados los brazos a lo Napoleón. El sudor me empapaba las sienes. Sentí que estaba pálido. Gracias a Dios, al fin mi aspecto debió infundir compasión a Apolonio, que dejó la aguja, se levantó lentamente, apartó su silla con idéntica lentitud, se quitó las gafas sin prisas, contó el dinero y salió a paso lento de la habitación. Mientras volvía aliado de Lisa, se me ocurrió la idea de huir tal como estaba, en batín; de irme a cualquier parte, sin pensar nada.
Me senté de nuevo. Lisa me miraba con visible inquietud. Estuvimos en silencio unos minutos.
-¡Lo mataré! -exclamé de pronto, golpeando tan violentamente la mesa con el puño, que saltaron fuera del tintero una gotas de tinta.
-¡Dios mío! ¿Qué dice usted? -exclamó Lisa, sobresaltada.
-¡Lo mataré! ¡Lo mataré! -vociferé mientras seguía golpeando la mesa.
Desvariaba, pero comprendía que era estúpido ponerme de aquel modo.
-No sabes, Lisa, cómo me atormenta ese verdugo. Sí, es mi verdugo... Ahora ha ido a comprar bizcochos...
Y, de súbito, estallé en sollozos. Una crisis de nervios... Estaba avergonzado, pero no podía dominarme.
Lisa se asustó.
-¿Qué tiene usted? ¿Qué le pasa? -exclamó, yendo y viniendo ante mí, agitada y nerviosa.
-¡Agua! ¡Dame agua!... -farfullé con voz débil, pero advirtiendo que podía pasar sin el agua y hablar con más energía.
Exageraba para justificarme, pero mi ataque no era una ficción. Lisa, inquieta, me acercó el agua. En este momento apareció Apolonio con el té. De pronto me pareció que aquel té era algo vulgar, insignificante, que producía un efecto mezquino, desfavorable, después de lo que acababa de ocurrir. Me sonrojé, Apolonio salió sin mirarnos.
-Lisa, ¿me desprecias? -le pregunté, mirándola directamente a los ojos y temblando de impaciencia por conocer su pensamiento.
Ella enrojeció y no me pudo contestar. -¡Tómate el té! -le dije, iracundo.
Estaba furioso contra mí mismo, pero era evidente que Lisa sufría más que yo por esta causa. De improviso, sentí un odio atroz contra ella: la habría matado en aquel instante. En mi fuero interno decidí vengarme no diciéndole ni una palabra más.

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