El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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Ya hacía tiempo que varias conversaciones que había tenido con el conde le habían iluminado acerca de sus miras de alcanzar un maestrazgo; porque es de advertir que Villena, acostumbrado a no ver en Ferrus sino un juglar grosero e incapaz de planes para sí, lo tenía a su lado y en su favor con preferencia a cualquier otro; contaba con que era bueno para ejecutar, y a la par incapaz de penetrar los motivos de sus acciones, las cuales no siempre los tenían tan buenos que pudiese él gustar de que por el conducto de algún incauto o taimado confidente llegase el público a saberlos. Hacíase el conde, además, la doble ilusión tan común en los hombres, y especialmente en los de talento, de creer que era sumamente dificultoso escudriñar las causas de sus acciones y encontrar el hilo de sus intrigas. Así que, en muchas ocasiones en que no esperaba nada de la inventiva de su confidente, contábale, sin embargo, sus cuitas y hablaba alto delante de él, depositando en el taimado Ferrus sus más importantes secretos con la misma tranquilidad con que deja un moro sus pecados en el agujero practicado para el descargo de su conciencia. Si quería Ferrus influir en las determinaciones de su señor, soltaba las ideas que a su entender había de aprovechar; pero soltábalas como ideas ocurridas al acaso, sin plan ni conocimiento y riéndose él primero de su supuesto desatino; tenía de este modo la habilidad de hacer que creyese don Enrique que eran suyas propias las ideas que más de una vez le hacía él solo adoptar. Las más veces se contentaba con escuchar, afectando una completa inmovilidad e indiferencia en sus facciones, actitud que le favorecía mucho para no perder una sola palabra; y en estas ocasiones se hubiera creído que don Enrique y su juglar eran un solo ente compuesto de dos personas: la una sublime e inteligente que debía discurrir, hablar y proponer, y la otra material y brutal encargada de escuchar.
En la circunstancia actual revolvía Ferrus aceleradamente en su imaginación las ventajas que de lograr Villena el maestrazgo le podrían resultar, y cierto que no eran pocas.

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