Cuesta abajo (Leopoldo Alas Clarín) Libros Clásicos

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Mi madre, sin saberlo entonces ni ella, ni Elena, ni yo, me decía:
-Mira, hijo: hasta aquí hemos llegado. Yo soy tu madre, que te traje hasta aquí. Esta es tu esposa, que te llevará, si lo mereces, hasta la muerte.
¡Ay! ¡No lo merecí! La vida feliz es la que va de la mano de la madre a la mano de la esposa, y de la mano de la esposa a la del miste­rio de la sepultura. ¡Mi madre, mi Elena, las dos muertas! ¡Y ella, lo in­esperado, lo imposible, Eva, muerta también!
10 de enero. -Comienzo por confesar que en los apuntes escritos ayer hay cierto artificio, además del diálogo. Consiste en haber oculta­do, como si yo ahora no lo supiera, que tal vez habría yo bajado al valle de Concienes antes de aquella visita con mi madre a las de Pombal. En efecto, no bien dejamos a la izquierda el camino real que seguía hasta el fondo del valle, hasta la iglesia, y, torciendo por un castañar espesí­simo, tomamos la vereda del Castillo, sentí en el alma, y hasta vaga­mente en los sentidos, como el gusto de una reminiscencia de la niñez, que quitaba el carácter de absoluta novedad a lo que iba viendo. Debo advertir que la hermosura de esta clase de paisajes tan verdes, de tanta frondosidad, en que la tierra pierde sus formas esculturales a fuerza de vestiduras, de terciopelos y encajes y embutidos de follaje, y donde los accidentes del terreno son regulares, moderados, armoniosos, tiene pa­ra los profanos, que hasta pueden ser pintores de cierto género, el de­fecto de la monotonía. -Todo esto es bellísimo -se suele decir-, da gus­to vivir aquí; pero todo es igual, y se describe difícilmente sin caer en la repetición y en la vulgaridad. Estos paisajes son al arte como la felici­
dad completa a la poesía: sólo se pintan bien por milagro. -Así como creo que la felicidad puede ser asunto de interesantísima poesía, creo también que esta verdura de los climas templados y húmedos, esta abundancia de yerbas y hojas, y estas formas suaves que toma la super­ficie terrestre en países como el mío, de altas montañas allá en los puer­tos, pero de suaves ondulaciones de colinas y cerros al acercarse al mar (como si fueran éstas unas olas de tierra y piedra que van a esperar a las de agua que vienen de frente), se prestan a ser materia de los pri­mores del pincel y de la descripción literaria.

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