La aventura del cliente ilustre (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¿Ha leído ese libro?
-No.
-¡Por vida mía, que esto me resulta cada vez más difícil de entender? Es usted un entendido y un coleccionista que tiene en su colección un ejemplar valiosísimo, y, sin embargo, no se molesta en consultar el único libro que podía haberle explicado el verdadero alcance y el valor de lo que tenía entre manos. ¿Qué explicación me da usted de eso?
-Yo soy hombre muy atareado. Soy médico establecido.
- Eso no es responder. Cuando un hombre tiene Lina afición la sigue hasta el final, sean las que fueren sus demás actividades. En su carta me decía usted que es entendido en la materia.
-Y lo soy.
-¿Me permite que le haga algunas preguntas?. Doctor, no tengo más remedio que decirle que este incidente me está resultando cada vez más sospechoso: digo, doctor, por si, en efecto, lo es usted. Dígame: ¿qué sabe usted del emperador Shormi y de qué manera lo relaciona usted con el Shoso-in, cerca de Nara? Qué, ¿le desconcierta? Cuénteme algo de la dinastía norteña de Wei y del lugar que ocupa en la historia de las cerámicas.
Salté con rapidez de mi asiento, simulando irritación, y dije:
-Esto es intolerable, señor. Vine con el propósito de hacerle a usted un favor, y no para que me examinase lo mismo que si yo fuera un niño de escuela. Quizá mis conocimientos sobre la materia sólo cedan a los de usted, pero no estoy dispuesto, desde luego, a contestar a preguntas que se me hacen de modo tan ofensivo.
Clavó su vista en mí. Había desaparecido de sus ojos la languidez. Centellearon súbitamente. Entre sus labios crueles había un brillo de dientes.
-¿Qué juego se trae? Usted ha entrado aquí como espía. Usted es un emisario de Holmes. Es una añagaza que me están jugando. Tengo entendido que el individuo en cuestión se está muriendo, y por eso, sin duda, destaca a instrumentos suyos a fin de que me vigilen. Vive Dios, que ha entrado usted hasta aquí sin permiso, pero le va a resultar más difícil salir que entrar.
Saltó en pie y yo retrocedí, preparándome para hacer frente a su agresión, porque el individuo estaba fuera de sí de furor. Quizá sospechó de mí desde el primer instante; desde luego, el interrogatorio le había hecho comprender la verdad; era evidente que yo no podía tener esperanzas de engañarle.

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