La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) Libros Clásicos

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tenía del un poco de descontento. Que quisiera yo me no tuviera
tanta presunción; mas que abajara un poco su fantasía con lo
mucho que subía su necesidad. Mas, según me parece, es regla ya
entre ellos usada y guardada. Aunque no haya cornado de trueco,
ha de andar el birrete en su lugar. El Señor lo remedie, que ya
con este mal han de morir.
Pues estando yo en tal estado, pasando la vida que digo,
quiso mi mala fortuna, que de perseguirme no era satisfecha, que
en aquella trabajada y vergonzosa vivienda no durase. Y fue, como
el año en esta tierra fuese estéril de pan, acordaron el
Ayuntamiento que todos los pobres extranjeros se fuesen de la
ciudad, con pregón que el que de allí adelante topasen fuese
punido con azotes. Y así, ejecutando la ley, desde a cuatro días
que el pregón se dio, vi llevar una procesión de pobres azotando
por las cuatro calles. Lo cual me puso tan gran espanto, que
nunca osé desmandarme a demandar.
Aquí viera, quien verlo pudiera, la abstinencia de mi casa
y la tristeza y silencio de los moradores, tanto que nos acaeció
estar dos o tres días sin comer bocado, ni hablaba palabra. A mí
diéronme la vida unas mujercillas hilanderas de algodón, que
hacían bonetes y vivían par de nosotros, con las cuales yo tuve
vecindad y conocimiento. Que de la laceria que les traían me
daban alguna cosilla, con la cual muy pasado me pasaba.
Y no tenía tanta lastima de mí como del lastimado de mi
amo, que en ocho días maldito el bocado que comió. A lo menos, en
casa bien lo estuvimos sin comer.

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