Sueños de un paseante solitario (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Apenas se me dejó pasar dos meses en aquella isla, pero habría pasado dos años, dos siglos y toda la eternidad sin hastiarme ni un momento, aunque no hubiera tenido, junto con mi compañera, otra sociedad que la del recaudador, su mujer y sus criados, que eran, todos, en verdad, muy buenas personas, pero sin más, y eso era precisamente lo que me hacía falta. Cuento estos dos meses como el tiempo más feliz de mi vida, tan feliz que me hubiera bastado durante toda mi existencia sin dejar nacer en mi alma por un solo instante el deseo de cualquier otro estado.
¿Cuál era, pues, esta ventura y en qué consistía su goce? Dejaré que la adivinen todos los hombres de este siglo por la descripción de la vida que allí llevaba. El precioso far niente fue el primero y el principal de estos goces que quise saborear en toda su dulzura, y cuanto hice durante mi estancia no fue de hecho más que la ocupación deliciosa y necesaria de un hombre que se ha consagrado a la ociosidad.
La esperanza de que no se me pediría nada mejor que dejarme en aquel sitio aislado al que me había abrazado por mí mismo, del que me era imposible salir sin asistencia y sin ser bien visto y donde no podía tener comunicación ni correspondencia sino por medio de la ayuda de las gentes que me rodeaban, esta esperanza, digo me proporcionaba la de acabar mis días más tranquilamente de como los había pasado, y la idea de que ya tendría tiempo de instalarme a gusto hizo que comenzara por no hacer arreglo alguno. Transportado bruscamente hasta allí solo y desnudo, hice venir arreo a mi ama de llaves, mis libros y mi reducido equipaje, el cual tuve el placer de no desembalar, dejando las cajas y los baúles como habían llegado, y viviendo en la habitación en que contaba acabar mis días como en un albergue del que hubiera debido irme al día siguiente. Tan bien iban todas las cosas como estaban que querer componerla mejor suponía estropear algo. Seguir con los libros en las cajas y carecer de
Librodo

escritorio constituía, en especial, una de mis mayores delicias. Cuando inventuradas cartas me obligaban a tomar la pluma para responderlas, a regañadientes tomaba prestado el escritorio del recaudador, y me apresuraba a devolverlo con la vana esperanza de no tener la necesidad de volverlo a pedir.

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