Una guirnalda de flores (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Resolví entonces que, si vivía, sería menos egoísta y trataría de hacer feliz a alguien. Creedme, muchachas, es algo muy solemne el estar en la cama, pensando en la muerte próxima, y ver cómo nuestros pecados aparecen ante nuestros ojos, aunque sólo se trate de faltas pequeñas. Nunca lo olvidaré, y después del hermoso verano que he pasado, quiero ser mejor y vivir mejor, si es que puedo.
Ana hablaba con tal seriedad, que sus palabras, escapadas de un corazón inocente y contrito, conmovieron profundamente a sus oyentes, disponiéndolas favorablemente para aceptar su proposición. Por un momento nadie habló, y luego, Maggie dijo sencillamente: -Conozco también eso. Sentía algo muy parecido cuando los caballos se desbocaron y, durante quince minutos, permanecí aferrada a mamá, esperando morir de un momento a otro. Todas las palabras ásperas y malas que había pronunciado volvieron a mi memoria, y aquello fue peor que el miedo a una muerte repentina. El susto me hizo perder gran parte de mi maldad y, desde entonces, mamá y yo somos mejores amigas que nunca.
-Empecemos con "Las Prisioneras de la Pobreza", y quizá ahí aprendamos lo que debemos hacer -dijo Lizzie-. Pero, en verdad, debo decir que nunca creí que las vendedoras necesitaran mucha ayuda; generalmente parecen muy contentas de su suerte y son tan descaradas y tan presumidas que no las compadezco lo más mínimo, aunque deben llevar una vida dura.
-Creo que no podemos hacer gran cosa en ese aspecto, como no sea dar un ejemplo de buenas maneras cuando vamos de compras. Quería proponeros que cada una de nosotras elija una pequeña caridad para este invierno y cumpla fielmente lo que se haya propuesto. Eso nos enseñará a hacer más con el tiempo, y podamos ayudarnos las unas a las otras con nuestras experiencias, o divertir a las demás con nuestros fracasos. ¿Qué decís? ­preguntó Ana, mirando a sus cinco amigas con persuasiva sonrisa.
-¿Qué podemos hacer?
-La gente nos llamará santurronas.
-No tengo ni la menor idea de lo que puedo hacer.
-Creo que mamá no me lo permitirá.
-Será mejor que cambiemos nuestro nombre de Flores de Mayo por el de Hermanas de la Caridad, y nos vistamos con humildes gorros negros y anchas capas.
Ana recibió aquellas respuestas con gran compostura y aguardó a que se hiciera el orden en la sala, pues sabía muy bien que a las muchachas les gustaba reírse y protestar primero, para ponerse a trabajar luego más seriamente.

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