Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Las teorías sobre las razas alienígenas proliferaron con tanto vigor como las supersticiones, y algunas eran francamente teológicas. Los Testigos de la Fusión Total catalogaron todas las naves que se creía pertenecían al resto de especies que habían recibido favores de los capellanos, les adjudicaron nichos situados a más o menos altura en un árbol cabalístico y afirmaron haber detectado cierto principio de metamorfosis. Los Testigos profetizaron que las naves humanas también acabarían pasando por todas esas formas siguiendo el camino que las llevaría hasta la nave espacial definitiva y trascendente. El día de la perfección tardaría eones en llegar, pero permitiría comprender los arcanos misterios del impulsor capellano y vendría acompañado por la silenciosa desintegración de la barrera colocada más allá de la órbita de Plutón. Una herejía surgida de ese credo religioso afirmaba que los humanos también completarían su evolución ese día y que se convertirían en capellanos. La profecía de la Fusión Total se haría realidad y los alienígenas dejarían de serlo.
Ustedes saben tan bien como yo cuál es la parte de verdad encerrada en esos mitos. No cabe duda de que los Testigos fueron los primeros en darse cuenta de que las entradas y salidas del hiperespacio hacen que incluso naves tan básicas como la Bergen Kobold cambien ligeramente con cada oscilación que las lleva de una dimensión a otra. Las partículas maltratadas que las forman vuelven a unirse, desde luego, pero nunca consiguen adoptar una configuración idéntica a la anterior. Las leyes de conservación son bastante estrictas, pero pedirles eso sería exigir demasiado de la física. A veces sus pilotos se percatan de esas aberraciones y a veces las pasan por alto. Después de todo sus partículas también han sido transustanciadas, ¿no?
En cuanto a la evolución del ser humano no poseo ningún dato que no resulte obvio por un método tan simple como el de ponerse delante de un espejo y echar un vistazo, pero conocí a la Alice Liddell -¿quién pudo conocerla mejor que yo?-, y la recuerdo muy bien. La recuerdo desde sus comienzos, allá por el tercer año del Gran Paso Adelante en el que fue construida y bautizada. Cuando Tabitha Jute pisó la hierba de aquel viñedo abandonado y apartó las lonas que la cubrían para posar por primera vez sus ojos en ella la nave ya era vieja. La fría quemadura del espacio había decolorado el metal y le había arrebatado su color bronce original.

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