La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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A los últimos alientos
de Arceta y a mis gemidos
acudieron cuantas fieras
contiene el monte en su asilo,
y cuantas aves el viento;
pero con fines distintos,
porque las fieras quisieron
despedazarnos y herirnos,
y las aves defenderlo,
estorbarle y resistirlo.
En esta lid nos halló
Tiresias, que había salido
a hacer del mortal eclipse
no sé qué astrólogo juicio;
y viendo de fieras y aves,
en dos bandos divididos,
un duelo tan desusado,
un tan nuevo desafío,
llegó al lugar, vióme en él,
y llevándome consigo,
vio que le seguían las aves,
llevando en garras y en picos
de las rústicas majadas
hurtados los lactidinios,
que ser pudiesen entonces
primero alimento mío.
A tanto portento absorto,
fue a consultar el divino
oráculo de su Venus,
que de esta suerte le dijo,
"Esa infanta, alumna es mía,
y como siempre vivimos
opuestas Diana y yo,
la ofende ella, y yo la libro.
Corrida de ver violada
una ninfa suya, quiso
que las fieras la ocultasen
hoy en los sepulcros vivos
de sus vientres; pero yo,
que a defenderla me animo,
porque fui primera causa
que alma y vida la dedico,
las aves, como, en efecto,
diosa del aire, la envío
a que la defiendan; ellas,
a ley de preceptos míos,
serán desde hoy sus neutrices,
trayéndola a aqueste sitio
cada día su alimento,
bien que a costa del aviso
que no sepan nunca de ella
los hombres; porque he temido
que Dïana ha de vengarse
de mí en ella, y con prodigios

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