A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

Página 17 de 57

ROSALINDA- Bien. Esta es la selva de Ardenas.
PIEDRA.- Sí, heme aquí en Ardenas, con lo cual soy doblemente idiota; pues mejor lugar tenía cuan­do estaba en casa. Pero los que viajan han de con­tentarse con todo. ROSALINDA.-Y así debeis hacerlo, buen Pie-dra-de-toque. Pero mirad quién viene. Son un joven y un anciano que conversan con solemnidad. (En­tran Corino y Silvio.)
CORINO.- Ese es el camino para hacer que os des­precie todavía. SILVIO.- ¡Oh Corino! ¡Si supieras cuánto la amo! CORINO.- Algo de ello conjeturo; como que algu­na vez he amado. SILVIO.- No, Corino. No puedes imaginarlo, sien­do anciano, aunque hayas sido en tu juventud un amante tan verdadero, como el que en cualquier tiempo haya suspirado en el insomnio de la media noche. Pero si tu amor se parecía al mío (aunque estoy seguro de que jamás hombre alguno amó como yo) ¡a cuántas acciones soberanamente ridí­culas no te ha de haber arrastrado tu fantasía! CORINO.-A mil de ellas que ya ni recuerdo. SILVIO.- ¡Oh! ¡Pues entonces, jamás amaste tan de corazón! Si no tienes presente hasta la más insigni­ficante locura en que te hiciera caer el amor, no has amado; o si no te has sentido, como yo ahora, fati­gando a tu interlocutor con las alabanzas de tu ama-da, no has amado; o si no has abandonado bruscamente la compañía, como me obliga la pasión a hacerlo ahora, no has amado. ¡Oh Febe, Febe, Fe-be! (Sale Silvio.) ROSALINDA.- ¡Pobre pastor! ¡Por buscar tu heri­da, he venido desgraciadamente a dar con la mía propia! PIEDRA.-Y yo con la mía. Me acuerdo de que es­tando enamorado, quebré mi espada contra una piedra, y le dije que aguantara eso por venir de no­che en busca de Juana Remilgos; y de cómo besé su batidera y los pezones de la vaca que ella había or­deñado con sus lindas manos agrietadas; y recuerdo, en fin, haber hecho la corte en lugar de ella a una vaina de guisantes, de la cual saqué dos y se los de­volví diciendo con los ojos llenos de lágrimas: "Póntelos por amor a mí". Nosotros, los que ama-mos de veras, damos en extrañas manías; pero así como todo muere en la naturaleza, toda naturaleza enamorada muere en la tontería. ROSALINDA.- Hablas con más sensatez de lo que piensas.
PIEDRA.- Ya lo creo: no he de caer jamás e
cuenta de mi propio ingenio, hasta que me dé de na-

Página 17 de 57
 

Paginas:
Grupo de Paginas:       

Compartir:




Diccionario: